TÚ ERES LEYENDA

SFC

No somos conscientes de la cantidad de gente que de una u otra manera pasa por nuestra vida. Ello se debe a que la gran mayoría lo hace con tanta pena o tan poca gloria que acaba siendo condenada por el tiempo al baúl del olvido, allá donde dormita lo intrascendente. Otros, en cambio, dejan su huella y, aun cuando ya no forman parte de tu día a día, en ocasiones reaparecen para proporcionar un agradable recuerdo en forma de foto antigua que andaba perdida por cualquier cajón o de casual encuentro que acaba cerveza en mano recordando vivencias pasadas en una extraña mezcla de nostalgia y alegría. Pero hay unos pocos, muy pocos, que son diferentes, que se eternizan más allá de su presencia física, que perduran por los restos pues jamás podrá estar de paso quien se hizo acreedor de quedarse para siempre. Son elegidos, personas que, en su aparente normalidad, esconden la mayor de las virtudes: su pureza. Gente como Vicente Iborra de la Fuente, uno de esos tipos grandes, muy grandes.

Si algo me ha enseñado el fútbol es que la gloria es efímera, pura efervescencia consumida por el inevitable paso del tiempo, hoja caduca que año tras año acaba derrotada por la implacable fuerza del otoño. No hay mayor éxtasis que celebrar la consecución del objetivo, ya sea tocando el cielo en cualquier ciudad europea o en tu propia casa poniendo rúbrica a una brillante promoción de ascenso ante once señores vestidos de amarillo. Es una sensación orgásmica, brutal descarga de adrenalina que te lleva al más absoluto clímax y detiene el tiempo por unos instantes en los que te sientes rey del Universo. Pero, ¿y después qué? Ya lo has conseguido, ¿qué más queda por hacer? ¿Acaso todo se reduce al desenfreno del momento? Al principio, es una sensación desconcertante, frustrante incluso. Afortunadamente, con el paso de los años – esa ventaja de irse haciendo viejo que diría el gran Fito – uno llega a comprender que lo realmente importante es lo de después y es que por más trascendentes que nos queramos poner, el fútbol, como la vida, no deja de ser una sucesión de vivencias y recuerdos, por lo que nada de lo que pasa tiene sentido si no existe un después para recordarlo.

Hoy es de esos días en los que se hace complicado expresar los sentimientos con lucidez. Por suerte, como tantas otras veces, cuando hay un problema ahí estás tú para dar la solución, ya sea sobre el césped tirando de garra (me he prometido no soltar tacos en tu homenaje), o desde fuera para arengar a unos compañeros a los que a veces, como durante el descanso del último derbi, hay que recordarles qué implica pertenecer al Sevilla. Y es que desde que llegaste a nuestro club no has hecho otra cosa que aportar soluciones. El chico que jamás se llevó los titulares, pero estuvo siempre para todo (y para todos). Tu fichaje fue el presagio de lo que sería tu trayectoria. Llevabas aquí 24 horas mal contadas y ya te habías enfundado nuestra camiseta para jugar en un puesto que no es el tuyo y ponerte delante nada menos que de David Villa y Diego Costa. Hoy, que no sé qué decir, vuelves a acudir al rescate con una frase que creo resume a la perfección el sentir de gran parte de nuestra afición “Me invade un poco más la tristeza que la alegría”. Y es que si imposible es no alegrarse porque le vaya bien a uno de los nuestros, más lo es todavía no pensar en el vacío que deja tu marcha.

iborrarenga

La gente de fuera no puede alcanzar a comprender el revuelo formado por tu salida. “De ahí han salido futbolistas mucho mejores y además ya deberíais estar acostumbrados” dicen con la osadía propia del que vive en la ignorancia. Normal que no se lo expliquen y es que no se puede entender el Sevillismo sin ser sevillista. No, no es que seamos especiales, simplemente entendemos el Sevillismo a nuestra manera, como nos fue inculcado y si algo aprendimos de nuestros mayores es que el respeto no se regala por el hecho de haberse criado en nuestra cantera o haber anotado un buen puñado de goles, aquí el respeto se merece. Claro que de aquí han salido futbolistas que dieron un nivel espectacular, pero jamás una pérdida material podrá compararse al dolor de sentir que te arrancan un cachito de ti. Y es que los goles, los regates, los pases al hueco, el balón parado o la disciplina táctica se compran con buen ojo y billetes, pero el alma no es algo que se pueda encontrar en un mercado.

Soy de los que piensa que, más allá del componente azaroso que tiene la vida, cada uno acaba labrando su propio destino. Estamos acostumbrados a que cada año salgan nuestros mejores futbolistas, pero no todos son iguales. Algunos deciden irse dejando tras de sí un sobresaliente rendimiento (como también has dado tú), un buen puñado de millones de euros (como también dejas tú) y varios títulos en las vitrinas (esas que también has llenado tú). Se van siendo estrellas que, de tanto brillar, quedan ciegas y sucumben al dulce veneno de la fugaz gloria sin saber que con ello sellan pasaporte para la tierra del olvido. En cambio tú, perteneces a ese grupo de elegidos (como Palop, David Castedo, Kanouté, Martí, Renato, tu hermano Coke,…) esos pocos que se eternizan, los que, conscientes de que lo realmente importante son los recuerdos del después, eligen quedarse para siempre.

Aunque nunca hayas buscado el agradecimiento, no me parecería justo despedirme sin antes darte las gracias. Una y mil veces gracias. Gracias por tu compromiso. Gracias por ser nuestro estandarte. Gracias por dejarte la vida por nuestro escudo. Gracias por regar de Sevillismo nuestro vestuario. Gracias por no dejar nunca que se tambaleara la vela por muy fuerte que soplara la tempestad. Gracias por ser ese espejo en el que cualquier sevillista debe mirarse. Gracias por, como dice @BarackChewaka, honrar nuestra camiseta como hubiéramos hecho nosotros. Gracias por esos inmensos cojones sevillistas que tienes (siento no haber podido cumplir mi promesa). Y, por encima de todas las cosas, gracias por regalarnos el mayor de tus tesoros, tu imperecedera alma.

iborralegria

Don Vicente Iborra de la Fuente, HISTORIA DEL SEVILLA FC.

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