NUESTRO MOMENTO

SFC

Hace unos meses amanecí con una de las sensaciones más extrañas que jamás haya tenido. Mi Ompare, alter ego que aún no sabe que entre otras cosas nació para ser uno de los motores de mi vida, me había enviado un Whatsapp de madrugada. Al verlo pensé, “a ver con qué montaje la ha líao ahora el cabrón éste”, pero no. No era ninguno de sus geniales vídeos. Tampoco una de esas pamplinas en la que los dos morimos. Me había enviado la foto de cabecera en Twitter de un portal deportivo sevillano. Aquella imagen había pasado por delante de mis ojos infinidad de veces sin que yo la hubiera visto. Mi vida, lo que hasta hace 6 años había sido toda mi vida, se mostraba de nuevo ante mis ojos. Era Glasgow. Era mayo de 2007. Era la primera Uefa estando los cuatro juntos. Era el último viaje de nuestras vidas.

Yo me hice del Sevilla en la Bombonera, en soleadas tardes de domingo de finales de los 80. Era un crío, sin capacidad aún para apreciar el verdadero valor de las cosas, pero notaba que en aquel Estadio me sentía diferente. Sin saber muy bien por qué, pasaba las semanas esperando a que llegara el día del partido. Ansiaba volver a ver el Mosaico, sentir ese hormigueo al subir las escaleras, escuchar por megafonía el anuncio de pipas Kelia y buscar a mi hermano con la mirada para soltar a dúo “las de la ranita”. Nos encantaba ver a mi padre negar con la cabeza cuando Cantatore ponía a Carvajal y soltaba su “ea, ya está ahí birlongo” y esperar a que los jugadores saludaran a la grada cuando se iban coreando sus nombres. Nos fascinaba toda aquella liturgia, pero una vez el balón echaba a rodar se acababan las pamplinas. Con el paso de los minutos, el corazón se iba entonando al compás de unas palmas que nacían en Gol Sur y acababa acelerado por la música de aquellos locos que cantaban, cantaban y no paraban de cantar desde los bajos de Gol Norte. Aquello era magia, pura magia.

estadio90

En Nervión decidí ser del Sevilla, pero Sevillista me hice en la carretera, porque yo con esa edad no soñaba con títulos, sino con ver aparecer a mi padre por casa diciendo que ese fin de semana íbamos a ver al Sevilla jugar fuera de casa. Daba igual el Bernabéu o la Condomina. El Nou Camp o el Rico Pérez. El sitio no importaba y el rival aún menos. No íbamos de turismo y mucho menos a ver a los que nos querían derrotar, íbamos a ayudar al equipo a ganar. Fueron miles de kilómetros de vuelta inmersos en la más profunda frustración (no hace falta que cuente mucho para hacerse una idea de lo que era el Sevilla de los 90 fuera de casa), pero de entre todos, hubo un partido que me marcó especialmente.

marcadorsfc

Era junio de 1999 y jugábamos en Los Pajaritos contra nuestro máximo rival por el ascenso. Ganar era poner pie y medio en primera. El empate nos hacía depender de nosotros mismos, aunque con un calendario llamémosle poco favorable: última jornada visitando a nuestros hermanos malagueños (campeones aquel año) y Numancia recibiendo a los no menos hermanos onubenses (que no se jugaban nada). Lo que viene siendo amor andaluz en estado puro. Con ese panorama, perder en Soria nos condenaba a sufrir, y mucho, para meternos en promoción de ascenso. En el 20 encajamos el primero y dos minutos después, Cañas, prometedor central canterano, perdía el balón regateando de último hombre para que Barbarín nos hiciera el segundo. El equipo se repuso tras el descanso y consiguió empatar, pero acabamos perdiendo en el descuento (otra vez Barbarín) tras atraquito arbitral en forma de gol legal anulado para completar el sainete. Nunca un camino de vuelta fue tan silencioso. Jamás un regreso se hizo tan duro. La posibilidad de vivir un tercer año consecutivo en segunda nos había dejado noqueados, pero a las 2 o 3 horas de viaje al viejo, que de ojana tenía lo mínimo, le dio por soltar: Os voy a decir dos cosas. Cañas no vuelve a jugar un minuto en el Sevilla y alegrar esas caritas que subimos seguro. En esa irracional seguridad se forjó mi forma de entender el Sevillismo.

Se me hace imposible explicar qué se siente cuando has tragado tanto barro y acabas conquistando Europa. Eso, a lo que no logro poner palabras, quedó plasmado en aquella instantánea. De la continua decepción a la consagración entre los grandes. Del Infierno a la Gloria. Pero en esa preciosa foto había mucho más, esa imagen escondía algo tan profundo como doloroso. Por un momento me devolvió a la realidad de su ausencia, recordándome que a mi vida, tan llena de recuerdos, le siguen faltando momentos. Momentos de previa. Momentos de conversación telefónica al descanso en los que uno convencía al otro de que en la segunda parte nos los íbamos a comer. Momentos de éxtasis en la victoria y de tragar saliva cuando toca hincar la rodilla. Momentos de seguir luchando juntos por defender a los nuestros. Momentos que solo nosotros apreciamos. Nuestros momentos.

He de reconocer que aquel amanecer me dejó muy tocado y me hizo reflexionar sobre eso que dicen de que el tiempo cura las heridas. Y no, no es cierto, hay heridas que jamás paran de sangrar. El tiempo te enseña a vivir con ellas, te da el espacio que necesitas para soltar la rabia y volver a ordenar tu mente, te despoja del miedo a encarar tu nuevo día a día y, sobre todo, te arma del coraje necesario para asumir que, por más que lo desees, él ya no podrá bajar y que ahora te toca a ti subir a buscarlo.

El tiempo no cura, te muestra el camino para encontrarlo. Y cuando por fin das con él, te das cuenta de que ya había pasado por delante de tus ojos infinidad de veces, sin que tú lo hubieras visto. Entonces todo vuelve a cobrar sentido y cuando llega el día del partido, tu vida vuelve a convertirse en soleado domingo. Y enfilas el camino escaleras parriba deseoso de soltar ese entripao que lleva todo el día consumiéndote. Y escuchas con qué once salimos y sabes que, aunque esté renegando con la cabeza, está tan convencido como tú de que hoy ganamos. Y ansías que el balón eche a rodar y dé paso a esos noventa minutos donde los pies abandonan el suelo y la razón es devorada por una inmisericorde locura en la que no caben problemas ni reproches. Noventa minutos para volver a llevarlo contigo, para escucharlo, para sentirlo, para fundiros en alma única que sólo quiere saber de Sevillismo. Noventa minutos para dejar al resto del mundo allí abajo. Noventa minutos para agarrarse con fuerza a la bendita irracionalidad de aprovechar ese pedacito de vida que la hija de puta de la guadaña jamás nos podrá arrebatar.

Más de 30 años reflejados en una sola imagen. Menos de 24 horas para volver a vivir nuestro momento.

momento

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