Los amos del miedo

SFC

“Aprendí que el coraje no es la ausencia de miedo, sino el triunfo sobre él. No es valiente quien no tiene miedo, sino quien sabe dominarlo”.

Nelson Mandela.


Pasé más de 20 años de mi vida esperando cumplir un sueño. No, no era ser rico, ni famoso. Tampoco casarme con la más guapa, ni siquiera tenía claro a qué quería dedicarme profesionalmente. Yo solo deseaba una cosa, hacer realidad ese anhelo que martilleaba mi cabeza al final de cada temporada, el que me impedía ser feliz: “Daría años de mi vida por ver al Sevilla jugar una final; solo pido eso, una final”. Quizá por ello lo primero que se me vino a la mente a la salida del Philips Stadium, una vez recuperada la calma, fue que en tema futbolístico ya me podía morir tranquilo. Por aquel entonces no podía imaginar lo equivocado que estaba.

Después vinieron Mónaco, Glasgow y Madrid. Fue tanto y tan seguido que no tuve tiempo para reflexionar. Yo solo pedía jugar una final y de repente me encontraba con eso. Por ello, cuando en enero de 2008 vi a Roger Federer derrumbarse en rueda de prensa tras caer ante Djokovic en las semis de Australia, me quedé muy impactado. “He creado un monstruo que necesita ganar cada torneo”, sentenció un Federer totalmente hundido. No podía entender como alguien que había ganado tanto se podía mostrar tan débil ante los ojos del mundo. El Dios del tenis, el mito que lo había ganado todo, bajaba a la tierra para convertirse en humano. Aquellas palabras en boca del por entonces ganador de 12 Grand Slam podían sonar a pretenciosas, pero a mí me dejaron el cuerpo cortado. Ahí no había ojana ninguna, su imagen era puro sufrimiento. El tenista de Basilea emanaba un dolor que le salía de dentro.

Para nosotros la felicidad tampoco iba a ser eterna. Los años siguientes fueron complicados para el Sevillismo, pues una vez tocas la gloria, se hace complicado asimilar que ya no estás arriba. En cambio, y para mi propia sorpresa, aquello no me afectó tanto. Estaba irreconocible. Unas veces pensaba que era por la complicada situación personal que sufría por entonces, otras que los títulos habían saciado mi hambre, pero la realidad era que ya no me lo tomaba igual. Entonces llegó el partido de Valencia y todo cambió. O mejor dicho, todo volvió a la normalidad. Aquel 1 de mayo volví a amanecer con esa extraña sensación, los gatitos de la barriga habían vuelto y vaya cómo arañaban por dentro los muy hijos de puta. El día que me dieron fue para no deseárselo ni a tu peor enemigo y el desarrollo del partido tampoco es que ayudara mucho. Hundido tras encajar el tercer gol, reconozco que dejé de creer, tiré la toalla y recordé al niño que soñaba con ganar un título. Ese que, a pesar de que el resto de cosas le iban más o menos bien, se sentía el más desgraciado del mundo. Desesperado y superado por la situación, unos segundos antes de que Jorge Andújar `Coke´ pusiera el balón en el área valencianista, clavé la mirada en el cielo en busca de ayuda “Viejo, sabes que nunca te pido nada, pero por lo que más quieras, empuja desde arriba y métenos en la final; solo te pido eso, necesito ir a otra final”.

Para mí aquella UEFA tuvo mucho de especial y no tanto porque suponía decirle a Europa que estábamos de vuelta, sino por las dificultades que superamos juntos. Me situó de nuevo en el camino y sobre todo me hizo tomar conciencia de que no estaba solo, que jamás lo había estado. Me hizo ver que hubo muchos niños como yo, niños que hoy ya no existen, niños que posiblemente jamás existieron. Niños que nacieron y se criaron anestesiados por años de un derrotismo extremo y que un día decidieron que había llegado la hora de arrancar de cuajo esa vía que le metía en vena la morfina de la vulgaridad. Niños que abandonaron sus complejos y hoy se han convertido en monstruos insaciables a los que no les vale tanta gloria acumulada en una década. Enfermos que jamás miran atrás para relamerse, pues saben que la victoria es la única vacuna a sus males.

nicholson

Ahora entiendo al suizo, cómo no voy a entenderlo. Soy plenamente consciente de que esos niños escogimos un camino sin retorno. Es cierto que con el paso de los años he aprendido a sobrellevar algo mejor la derrota, pero cada vez me cuesta más afrontar días como el de hoy. La razón dice que debería disfrutar del momento, saborear que tenemos por delante una nueva semifinal europea y hacerlo sin presión de ningún tipo; si se cae tampoco se acaba el mundo, como esas ya hay cuatro en nuestra vitrina y además seguimos teniendo una final por delante. Pero no, no consigo disfrutar del momento, de hecho no entiendo cómo se puede disfrutar de un día como hoy.

Hoy es día de sufrir, de calvario digno, de hablar poco y escuchar menos, de no aguantar a nadie pues ya bastante tienes con aguantarte a ti mismo, de llevar a tu manera esa penitencia que hace tiempo te impusiste y es que nadie sino tú escogió este camino. Es día de manillas que no avanzan, de angustia contenida, de mirar compulsivamente el reloj para no ver la hora, de cortos paseos acelerados sin destino, de expulsar fuerte el aire cuando te come el ahogo, de fumarte hasta el mechero. Es día de pasar las horas mirando al miedo a los ojos para que, cuando llegue la batalla, sepas derrotarlo.

Hoy es día de llegar a nuestro estadio y sacar todo eso que te has ido guardando dentro. De liberarte, de sacar a esos gatitos que, de tanto alimentarlos, has convertido en tigres. De soltarlos por Nervión, sin cadenas, con los dientes afilados y esa mirada cargada de ira que refleja una única obsesión, devorar a esos ucranianos que vienen a nuestra casa a robarnos nuestro sueño.

Hoy es día para que nuestra madre, esa que por darnos nos dio hasta su nombre, contemple de nuevo orgullosa como sus hijos le dan lustre por Europa. Día para seguir regalándole Gloria, para que vuelva a sonreír y consuele su pena por aquellos otros, esos que le nacieron tan bastardos que la insultan y reniegan de ella, esos que han inventado su pertenencia a una ridícula ciudad para otorgarse una supuesta grandeza que no tienen huevos de ganarse en el terreno de juego.

Hoy es el día en el que aquellos niños volvemos a juntarnos para dar sentido a nuestra vida. Día para morir otro poquito por el Sevilla, pues nada merece más la pena que perder años por quien te da la vida.

tifofinal

Hoy es día de meternos en una final; solo pido eso, necesito ir a otra final.

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5 comentarios en “Los amos del miedo

  1. ¡¿Cagüen la leshe qui mamao!.

    Me parece que habéis perdío dar el punto exacto al adobo, cacho carbones.

    Por vuestra culpa me he quedao sin enterarme del final de las peripecias de Don Oleg por las borracherías y putiferios hispalenses. Y eso no sus lo perdono, cacho carbones.

    Yo soy una persona honrá, -aunque sin pasarse de rosca-,

    Le gusta a 1 persona

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