LABRANDO NUESTRO DESTINO

Sevilla FC

 

“Si dispusiera de 6 horas para cortar un árbol, pasaría 4 afilando el hacha”.

Abraham Lincoln


Domingo, 9:30 de la noche. Hace más de dos horas que acabó el partido, pero tu sensación sigue siendo la misma. Es algo que se veía venir desde hace semanas, pero la confirmación definitiva de que este año tampoco será, es un disparo al centro de tu alma. Otro más.

El camino de vuelta al barrio se te ha hecho eterno. A pesar de ir con tu gente, te sientes solo, vencido, vacío. Solo el eco de los pasos rompe un desgarrador silencio. Es un silencio que dice demasiadas cosas, un silencio que se clava, un silencio necesario. Hace rato que llegaste a la placita y ahí sigues, sentado en el respaldo del banco con la mirada perdida. Nadie te habla, nadie te quiere escuchar. Pasado un tiempo decides marcharte, “quillos, me piro”, no hace falta decir más, todos te entienden.

Al llegar a casa, una voz sale de la cocina.

– Niño, ¿qué vas a cenar?

– Nada, me voy a la cama.

– Pero cómo te vas a acostar sin cenar, chiquillo. Venga, te hago una tortillita, que eso se hace en un segundo. Te la comes y te acuestas.

– He dicho que no quiero nada, que me voy a la cama.

– ¡Y el niño este con las tonterías del fútbol! Como si el Sevilla le fuera a dar de comer, vamos.

Resoplas con fuerza, niegas con la cabeza y vuelves a tu silencio. La quieres demasiado para darle esa contestación. Ya en la soledad de tu habitación, tiras la bufanda con rabia contra la silla y te tumbas sobre la cama. Tu mirada sigue ida, esta vez apunta al techo. Hoy no habrá reportajes para ver los goles, tampoco Butanito al llegar las doce. Esta noche es para estar solos. Tú y tu Sevillismo. No cabe nadie más.

A aquellos que nacieron antes de mediados de los 90 seguro que les resulta familiar esta escena. Vivencias que nos retrotraen a un pasado no tan lejano, experiencias que nos permiten saber de dónde venimos. Horas y horas de insomnio dibujando en el techo una ocasión marrada, aquel nefasto arbitraje, esa perenne mala suerte. Por más vueltas que le dabas, no acertabas a comprender qué habías hecho tú para ser tan desgraciado, por qué la moneda siempre salía cruz, por qué el destino jamás se ponía de tu parte.

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Son recuerdos amargos, pero puros, muy puros. Son tiempos de puño cerrado de rabia y frustración. Son años complicados, de Sevillismo forjado entre lágrimas y decepciones. Son el origen de lo que somos hoy y el espejo en el que nos miramos cada día para no perder de vista jamás ese lugar al que un día juramos no volver.

Hace poco, un amigo madrileño me decía que si algo admiraba de los sevillistas era que al llegar las rondas finales, cuando uno se juega las papas de verdad, siempre competimos. Nos pongan por delante a Barcelona, Benfica, Juventus o a un desconocido equipo ucraniano, aquí no se relaja nadie. Vamos siempre todos a una sin perder el objetivo de vista ni un solo segundo. No acertaba a comprender cómo una afición y un equipo que tradicionalmente habían muerto por su falta de competitividad, en la última década se habían transformado en un ejército insaciable, en una máquina de levantar títulos que siempre quiere más y más.

Me quedé por un momento pensando sin saber muy bien qué contestar. Tras darle varias vueltas llegué a la conclusión de que por mucho que le contara, no iba a ser capaz de entenderlo, pues no es posible explicar lo que nace de algo tan irracional como el sentimiento. “Eso solo lo comprende el que lo ha mamado”, le dije con una medio sonrisa henchida de orgullo.

Cuando salió la bola que nos emparejaba al Athletic, no creo que hubiera un solo aficionado que pensara que esto se resolvía en la vuelta. Y si lo hubo, es que poco conoce a los contendientes. Como no podía ser de otra forma, Nervión dictará sentencia. Es cierto que nos trajimos un resultado magnífico de San Mamés y que estamos en nuestra competición, esa que nos transforma. Pero si algo caracteriza a nuestro rival es un amor propio y una identificación con sus colores fuera de lo común. Esos cabrones -entiéndase en el sentido de la inmensa admiración que siento por ellos- son como nosotros. Cuando se trata de defender su escudo se niegan a morder el polvo, luchan hasta el final. Allí, el bajar los brazos no es una opción.

A estas alturas nadie va a descubrir al Athletic. Los que hoy nos visitan van sobrados de huevos, tienen calidad y, por si fuera poco, vienen hambrientos y con sed. Traen hambre de unos títulos acordes a su historia. Andan sedientos de venganza, pues nunca llevaron bien eso de que profanaran su templo. Así que confianzas las mínimas. A partir de las 09:05 de la noche nos toca derribar un árbol de inmensas dimensiones y madera dura como la roca.

A esta hora no tengo ni idea de lo que va a pasar, pero de lo que sí estoy seguro es que los míos ya han empezado a afilar el hacha, pues si algo hemos aprendido en este tiempo, es que estas batallas se ganan desde ya. No importa el rival, no importa el resultado de la ida. Hoy el Sevilla se juega el pase a unas semifinales europeas y no nos vamos a quedar esperando a ver qué decide el destino. Eso se acabó hace 10 años y fue precisamente un jueves de Feria, como hoy. Un día en el que empezamos a asumir que la Gloria no cae del cielo, se merece. Una noche europea en la que decidimos lanzar al vertedero del olvido la coraza de las excusas y empezamos a afrontar las batallas a pecho descubierto. Aquel mágico jueves de Feria en el que todo el Sevillismo se unió para transformarse en la zurda de diamantes que hacía volar por los aires el muro de nuestros históricos complejos.

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Fracaso o gloria. Frustración o éxtasis. Dos caras de una moneda que conocemos mejor que nadie. Una moneda que no es como las otras. Una moneda en la que tiene poco peso el azar. Esa es la clave de nuestro éxito, nuestro más preciado secreto. Y a ti sí te lo cuento, porque seguro que lo entiendes.

Así que si quieres que siga saliendo cara, ya sabes lo que toca. Afila bien tu hacha durante el día, tenla lista para que, cuando llegue la hora, podamos derribar el árbol. No permitas que vuelva a sonar el silencio y déjate el alma para que mañana podamos seguir contemplando en el espejo cómo envejece nuestro pasado.

patxi

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