PREPARADOS PARA SEGUIR MOLESTANDO

Sevilla FC

“Luchad y puede que muráis. Huid y viviréis, un tiempo al menos. Y al morir en vuestro lecho, dentro de muchos años, ¿no estaréis dispuestos a cambiar todos los días desde hoy hasta entonces por una oportunidad, solo una oportunidad, de volver aquí a matar a nuestros enemigos? Puede que nos quiten la vida, pero jamás nos quitarán la libertad”

(William Wallace)

El Sevilla nunca fue un club simpático a los ojos de los demás. No es algo de lo que creo podamos presumir, pero que tampoco deba martirizarnos, entre otras cosas porque el caer bien jamás estuvo entre nuestros objetivos. Durante muchos años, a los ojos de la España futbolística hemos sido el vivo ejemplo de la percepción que se tiene de nuestra región. Un gigante dormido y sin muchas ganas de despertarse. Unos bufones al servicio de las risas del reinado. Un colectivo con un importante potencial totalmente anestesiado por una histórica falta de carácter. Unos poresitos que se conformaban con dar un poco, o bastante, por culo cuando se trataba de recibir en nuestra casa, pero que se desvanecían cuando la contienda requería de un esfuerzo continuo.

No nos engañemos, ese sufrimiento ocasional que hacíamos padecer a nuestros visitantes, en realidad no era más que un mal ratito que, si bien nos granjeó algún que otro desprecio o agravio temporal, jamás llegó más allá y es que tampoco era cuestión de que la nobleza malgastara su valioso tiempo en unos piojosos desharrapados que no amenazaban ni un ápice de su hegemonía.

Pero de un tiempo a esta parte la cosa ha cambiado, vaya si ha cambiado. Resulta que en la última década, a nosotros, los poresitos del sur a los que se les apagaba la fuerza al llegar la hora de la siesta, parece como si nos hubieran endiñao un cargamento de pilas Duracell, para tornar en molestia continua el otrora mal trago puntual. Resulta que hubo un día en el que nosotros, los esmayaos del norte de África, nos cansamos de contentarnos con las migajas de la Corte y decidimos que no había mejor forma de engrandecer nuestro pasado que cambiando nuestro futuro. Resulta que llegó un momento en el que nosotros, esos invisibles cuyas voces se perdían en el eco de algún barranco allá por Despeñaperros, nos rebelamos y a base de superar batallas y levantar trofeos de la plata más pura, comenzamos a tocar los huevos de las más altas esferas. Perdón, los cataplines, no se nos vayan a escandalizar los soldados de ese ejercito al servicio de Su Majestad a los que se les afina el oído al bajar a la patria de Blas Infante y miran para otro lado cuando yacen cadáveres en la capital de su reino.

Y claro, se han visto obligados a arrancar su maquinaria del odio, a sembrar el miedo. Porque no se engañen, el Sevilla no cae mal por el “pisálo” de Bilardo. Tampoco por los mil fregaos en los que nos vimos metidos en la época de Caparrós o por la exagerada prepotencia de José María Del Nido. Ni siquiera por los insultos que se escuchan en nuestro estadio. Caemos mal porque ganamos. Molestamos porque hemos osado poner en duda su hegemonía. Somos atacados porque durante la última década les hemos enseñado los dientes y tienen miedo de que se les acabe su nauseabunda oligarquía.

paloprey

Por suerte, aún no se han dado cuenta de que a los sevillistas, lejos de achantarnos, eso nos envenena. Nos despierta por dentro esa terca voluntad que hemos mamado de los que nos educaron en Sevillismo, la que se niega a hincar la rodilla y se acanalla ante el poderoso. Así que si van a seguir con la pelea, hagan el favor de ser dignos, al menos sean dignos. Déjense de multitas y amenazas de cierre infundadas que, lejos de separar como pretenden, unen aún más a nuestra familia. Quítense la careta y vayan de frente, sin apartar la mirada. No envíen a nadie. Tengan la valentía de bajar al barro y fájense, dando a su contrario el respeto que todo el que pelea merece. Fíjense en lo que hacemos nosotros, cuando campeonamos y cuando caemos en el camino. Empápense de lo que hicimos por Europa, de lo que hemos hecho contra el Mirandés o de lo que haremos esta noche contra unos gallegos que nos quieren cerrar la puerta de la gloria, esos once de celeste a los que se la tenemos guardada desde que no hace ni cinco meses nos dieran el mayor baño de fútbol que éste que escribe recuerda haber recibido en nuestro templo.

Volvemos a tener fiesta en Nervión, que nos gusta una fiesta por Nervión. A ustedes no hace falta que os diga nada. Como ésta llevamos ya unas cuantas en lo alto y hace tiempo que aprendimos que cuando hay fiesta, no se duerme. Aunque una cosa sí os pediría. Ayudemos a que los de la Corte sean un rival digno, hagamos que aprendan. Que cuando enciendan sus televisores y contemplen lo que se vive en nuestra grada, aprendan. Que aprendan que andamos saciados de sueño, pero hambrientos de sueños. Que aprendan que hace tiempo que nos negamos a seguir dormidos mientras ellos se reparten toda la plata a su antojo. Que aprendan que no nos van a hacer cerrar los ojos, a nosotros no, pues su ruin forma de actuar no hace sino alimentar nuestro insomnio. Y, sobre todo, que aprendan de una puta vez a apretar a jierro las correas de la camisa de fuerza, esa con la que intentan maniatarnos y a la que nosotros llevamos una década bordando nuestro escudo. Porque hoy más que nunca nos enorgullecemos de estar locos. Sí, locos. Locos por volver a nuestra casa a sentir ese aroma de día grande, el que nos desata por dentro una tormenta rojiblanca. Locos por volver a ver a nuestra gente con los dientes prietos y la mirada ennervioná, poseída por esa bendita utopía de romper lo prohibido. Locos por contemplar como los nuestros, todos unidos, se entregan en cuerpo y alma para seguir arrancando a bocaos las correas de ese plácido inmovilismo en el que unos pocos pretenden seguir viviendo.

iborraro

Sigamos enseñándoles. Que aprendan. Dale Au, que yo te sigo.

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