“QUÉ GANITAS TENÍA DE VERTE, JUAN”

SFC

Es sábado 29 de agosto y Juan apura el que será su último día de vacaciones en la playa. Pero Juan, que no sale de los límites que marca en la arena su sombrilla de Cruzcampo, parece no estar disfrutando del magnífico día de playa que hace en Chipiona. Ha entrado en una especie de estado vegetativo y simplemente lee una y otra vez la única página que el Marca le dedica a su Sevilla, al tiempo que soporta impasible los constantes pelotazos que le da el puñetero niño de la sombrilla de al lado- y entiéndase lo de al lado en el sentido más literal de la frase-. La insistencia de su mujer para que coma algo tampoco lo saca de su burbuja.

– Juan, los filetes empanaos se me han quedao enteritos, ¿tampoco vas a probá la tortilla? ¡Desde luego que vaya tela! Con el cariño con el que la ha hecho mi madre… le ha puesto cebollita y tó, como a ti te gusta. Mira, mira cómo huele…

Pero Juan, que muere en tortilla, hoy está ajeno al olor del taper recién abierto. Y es que desde la playa de Regla ya solo puede oler a Nervión; ese indescriptible aroma a ambiente de previa grande. Juan no tiene hambre. Y si la tiene es solo de volver, de volver con su gente, de volver a pintarse por dentro la cara de colorao.

Es la enésima vez que lee que “Carriço puede llegar al estreno liguero del Sánchez-Pizjuán”. Solo una ola de agua fría sobre los pies y el “¡NIÑOOOOOOOO!” de su señora logran por fin sacarle de su mundo. Es entonces cuando Juan se da cuenta de que la marea está subiendo y ha llegado hasta él. Un vistazo a su alrededor le basta para confirmar que es el único carajote que permanece con la sombrilla, la silla y el periódico en el agua. Ni siquiera el niño de las pelotas, y los pelotazos, queda ya a su vera.

“Esta última semana en la playa me está sobrando”, piensa, mientras sube a casa antes que el resto de la familia para comenzar con su ritual de cada mediodía: meter un litro de cerveza en el congelador, ducharse pa quitarse la arena y jincarse la litrona helaíta con unos cacahuetes, como si se la estuviera tomando en Coronado mientras divisa el puente de los bomberos.

Juan pone Cuatro en la tele dispuesto a aguantar el millón de pamplinas sobre Cristiano Ronaldo, Messi o Neymar con tal de no perderse los 20 segundos en los que hablarán de su Sevilla. Con suerte, estos genios de la información hoy le dedicarán un minuto, eso sí, rellenándolo con declaraciones de sevillanos “escogidos al azar” que responden a preguntas de un nivelito que no se las harías ni a un niño que aún no cursa la ESO.

Juan jura en arameo y se caga en los manolos, en el tito Floren y en los valors de la Masía, aunque siendo sincero disfruta como un enano con los 5 minutos que le dedican al rival. A tenor de lo que dicen los dos monigotes de los deportes, su equipo mañana se enfrenta a la versión rocosa del Brasil del 70 con Maradona y Cruyff nacionalizados. Un equipo admirablemente intenso y para nada violento, según dicen. Vamos hombre, ni que fueran esos piojosos del Sur… Juan se ríe mientras murmulla por lo bajini “ustedes seguid encabronándonos…” y no tiembla de miedo sino del típico repeluco gustoso que te da cuando le pegas un buen trago a la cerveza fría pensando en lo que se les vendrá encima a esos temidos rivales cuando salten al césped de Nervión.

Juan pone después el documental de La2. No le interesa para nada el mundo animal, solo quiere quedarse roque mientras observa cómo las hienas hacen gala de su clásico hijoputismo para merendarse, todas a una, al feroz tigre, en una metáfora perfecta de lo que para él será el partido del domingo.

Y es que Juan, enyonkao en Sevillismo hasta las trancas, solo tiene en mente que acabe el día para volver a casa y acabar con ese puto mono que lo está matando. Anda loco porque llegue el día de mañana y empiece la liturgia previa a cada partido.

Juan quiere coger la maquinilla para afeitarse y darse un duchazo con Robe Iniesta sonando a tó carajo. El Deltoya, por supuesto, que es día de partido.

Juan quiere encerrarse en su habitación y tumbarse un rato en la cama a ver el DVD que se curró su colega Alfonso con goles antiguos. Ese que, a pesar de haber visto un millón de veces, le sigue haciendo saltar de la cama como un resorte al grito de “¡¡¡Dale croata, carajo!!!” cuando el balón se cuela por la escuadra de la portería del Olimpiakos.

Juan quiere agarrar su bufanda del Sevilla y abrir el armario para escoger camiseta “¿me pongo una blanca, o la roja de Glasgow? La de este año no, a ver si va a tené bajío con tó sus mulas…

cmibufajuan

Juan quiere pasar de Santa Justa y, como siempre, ignorar los primeros puestos porque se niega a comprarle el 3×1 en pipas a nadie que no sea ella. La rubia de ojitos claros con er pechito cogío, que además de alegrarle el día, le da suerte. O eso cree Juan, y con eso le basta.

Juan quiere llegar a Nervión y beberse unas cuantas en La Espumosa con sus hermanos, esos con los que no comparte genes, pero sí sangre rojiblanca.

Juan quiere enfilar el camino del estadio y sonríe cuando se le vienen a la mente los momentos en la cola de entrada al Sánchez-Pizjuán. Esos instantes de bulla en los que, apretado junto a los desconocidos de siempre, trata de ocultar la inevitable sonrisa nerviosa que se dibuja en su rostro. Como si de una improvisada formación de costaleros se tratara, unos a otros se empujan a pasos cortos, casi flotando, dejándose llevar por la ilusión y las ganas de volver a ver a su Sevilla. Y entonces recuerda la eternidad de esos segundos que tarda en ponerse verde la lucecita del torno. Ese efímero instante en el que caben tantos pensamientos “ea, ya ma tocao el aparato con el láser estropeao”, “me tiene que pasar a mí siempre, cojones”, “no, verá tú, si con la caraja he cogío el carné del año pasao”,… Y todo con una banda sonora de fondo, la que se encargan de entonar esas miles de gargantas que, siendo más previsoras que Juan, ya han entrado al estadio para alentar a sus jugadores. Esa manada de hienas que lleva el hambre grabado en sus ojos consciente de que unida no hay fiera que se escape de ser devorada.

Juan quiere estar ya dentro. Tanto que puede imaginar con nitidez el momento en el que sube las escaleras apretando fuerte las pipas con una mano y la bufanda con la otra. Esa subida acelerada, torpe incluso, en la que su aparato locomotor parece no saber cuándo va la pierna derecha y cuando le toca a la izquierda. Esa subida orgullosa, mirando lo guapo que están dejando su Estadio, su Casa, y sintiendo cómo ruge su grada. Esa subida hasta el mismísimo Cielo para agarrar de la mano al que está en el tercer anillo, a ese que siempre le acompaña en los partidos.

Y es que Juan, mientras apura el que será su último día de vacaciones, solo puede pensar en una cosa. Llegar a su asiento, contemplar el césped y escuchar cómo su Bombonera le vuelve a susurrar al oído “qué ganitas tenía de verte, Juan”.

bombonerajuan

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4 comentarios en ““QUÉ GANITAS TENÍA DE VERTE, JUAN”

  1. A medida que ibas narrando la historia , parecia que iba yo al lado de Juan, precioso recorrido que hacemos los que tarde tras tarde inundamos los aledaños del Sanchez Pizjuan de sentimiento puro …de sevillismo…

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  2. Pos ná Juan, las ganas de vorverte pa Chipiona que te entrarían cuando nuestros chavalotes hicieron el cocacola ante el Palético, ¿verdá?.

    No pasa ná, coño. Cosas der fúrgol, como el siguiente partío contar el Certa, ande nos dieron hasta en el perfil der féisbur.

    Y menos mal que ante el Farça nuestros chavalotes se esmeraron y sacaron los cohones a relucí, que si no, los carvos estarían ahora lamentando la pérdida de sus atributos masculinos, vulgo pelotas.

    En fin; que ya parece que le vamos cogiendo er tranquillo al asunto; hasta el Cóker parecía bueno.

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